Territorios en Expansión​

“No somos hackers de computadoras,
somos hackers del territorio campesino”,

VEREDAS
(o el camino del código comunitario)

En algún lugar entre Sutatenza, Bogotá y Medellín, entre los años que puede tardar un abuelo en construir un transmisor de radio FM y los segundos que necesita un LED para aprender a parpadear en código Morse, comenzó esta historia.

No sé si éramos hackers. Tal vez éramos campesinos cacharreando con la tecnología, que es una manera bastante más complicada de decirlo.

—No somos hackers de computadoras; somos hackers del territorio campesino —dice alguien mientras suelda historias con la misma paciencia con la que se siembra fríjol.

El laboratorio de creación intermedial huele a yerbabuena, a aguapanela y a esa electricidad particular que aparece cuando varias personas se reúnen alrededor de una mesa llena de cables, herramientas y preguntas. Una abuela teje con fique y memoria. Cada hilo conecta historias, cada nudo guarda una forma de resistencia y cada punto recuerda que, antes de inventar redes digitales, ya existían redes comunitarias capaces de sostener la vida en el monte.

Un niño descubre que también puede ser inventor. Desarma radios viejas, recupera cables, dibuja circuitos sobre cartón reciclado y construye antenas con varillas oxidadas y sueños bastante claros. No busca solamente que una señal llegue al otro lado del valle. Busca comprobar que su propia voz también puede viajar.

Mientras tanto, un espantapájaros empieza a escuchar el paisaje. El viento, los grillos, las alarmas solares y los sonidos de los cultivos de papa entran en su pequeña orquesta. No sabemos si está componiendo una sinfonía o simplemente tratando de espantar los pájaros. En cualquier caso, termina narrando el territorio en clave de fa.

Y así, casi sin darnos cuenta, aparece una pedagogía.

—Aquí el error no se borra. Se composta.

Fallamos un circuito y, en lugar de esconderlo, hacemos un cuento con él. Las conexiones equivocadas se convierten en mapas de aprendizaje y los bugs adquieren una pequeña dignidad narrativa. Programamos Arduino con refranes agrícolas, como si el código fuera un lenguaje secreto que siempre hubiéramos sabido hablar. El resultado termina siendo un sensor de heladas que envía alertas por la intranet comunitaria.

La naturaleza, aparentemente, también puede tener grupo familiar.

La conversación va saltando de una idea a otra como una chispa entre cables mal conectados. Aquí nadie tiene el código completo. Una voz cuestiona al programador, un niño encuentra una solución que no estaba en el manual y alguien termina entendiendo que programar también es aprender a escuchar. Porque un código puede hacer funcionar una máquina, pero, si no logra hacerse entender por la comunidad, todavía le falta algo. Tal vez el mejor lenguaje de programación sea aquel que puede ser leído, discutido, corregido y apropiado por todos.

Entonces inventamos una nueva API:

1 hora de código = 2 kilos de papas nativas

Porque también existe una economía del tiempo medida en manos, surcos, cosechas y conversaciones.

Y aparece una especie de blockchain campesina: contratos inteligentes firmados con huellas de tierra. No hay servidores, ni criptomonedas, ni grandes plataformas. La garantía es mucho más antigua: la palabra empeñada y el compromiso de cumplirla.

En medio de estos intercambios también aparece la memoria. Los relatos campesinos se convierten en microdocumentales y luego regresan al territorio proyectados sobre las montañas. Las paredes se transforman en pantallas y los abuelos y las abuelas aparecen como constelaciones momentáneas.

Sus historias funcionan como mapas.

No para saber exactamente hacia dónde ir, sino para no olvidar de dónde venimos.

Los niños escuchan y aprenden. Se convierten, sin que nadie se los haya pedido, en pequeños custodios de saberes que todavía no tienen formato de código, pero que siguen pulsando en el aire de los campos. Las voces de Radio Sutatenza se mezclan con la estática, los cantos de siembra y los sonidos del territorio. Las ondas viajan por el espacio, pero también hacen algo más extraño: atraviesan el tiempo. Lo que alguna vez fue una voz transmitida por la radio vuelve a encontrarse con las voces de quienes hoy habitan y cuentan el territorio.

De esta juntanza empiezan a aparecer cosas que nadie había programado del todo. Un festival de espantapájaros donde los GIF bailan sobre los cultivos como pequeñas mariposas de neón. Una biblioteca hecha de cuadernos manchados de barro, con formatos tan extraños como .charla, .canción, .silbido, .recuerdo y .quietud. Un motor de búsqueda que no funciona con palabras clave, sino con una buena pregunta hecha al atardecer, cuando el sol cambia de color las palabras y el café parece saber más de lo que cuenta.

Entonces entendemos que crear tecnología también puede ser una manera de cuidar.

De allí nace el Protocolo del Buen Vivir: toda tecnología debería poder mojarse con un aguacero sin que se moje la dignidad ni se pierda el saber que contiene. Todo algoritmo debería poder explicarse alrededor del fogón.

—¿Ves este sensor? Es como el olfato de la abuela cuando sabe que va a llover.

Y todo error importante merece su propia leyenda. Porque aquí los bugs no se eliminan inmediatamente. Primero se cuentan. Después se conversa sobre ellos. Y, si la historia es buena, terminan formando parte de la memoria colectiva.

Al final aparece una red.

No una red de fibra óptica.

Una red de cabuyas, abrazos, chismes, trueques, favores, recetas, rumores, caminos y pactos no escritos.

Una red bastante vieja.

Y, quizás por eso, bastante resistente.

Lo que nació de esta juntanza no fue solamente un archivo ZIP lleno de memorias. Fue una constelación campesina hecha de imágenes, sonidos, códigos, relatos y encuentros. Una forma de entender que la tecnología puede ser mucho más interesante cuando deja de llegar como una caja negra y se convierte en algo que podemos abrir, desarmar, modificar y volver a construir.

Por eso seguimos cacharreando.

No solamente con cables, sensores, radios, cámaras o computadores. Cacharreamos con las formas de aprender, de recordar, de comunicarnos y de imaginar juntos.

Y en ese proceso aparecen nuevos issues.

Entonces aparecen preguntas que no caben fácilmente en un manual de tecnología. ¿Qué pasa cuando un conocimiento nace de una comunidad y no puede separarse de las manos que lo construyeron? ¿Cómo compartirlo sin convertirlo en una propiedad que alguien pueda reclamar? ¿Cómo hacer que GitHub entienda un commit escrito con tiza en la pizarra de una escuela rural, justo al lado del calendario lunar? ¿Cómo enseñarle a una inteligencia artificial a reconocer el canto de un pájaro que se come el maíz, pero también a comprender lo que ese canto significa para quienes han vivido siempre entre esos cultivos?

Intentamos traducir el territorio a datos, códigos, sensores y algoritmos. Pero, en medio de ese intento, aparece una pregunta más incómoda: ¿realmente necesitamos que las máquinas aprendan a reconocer y comprender todo lo que ocurre a nuestro alrededor?

Tal vez el desafío sea otro. Tal vez, antes de enseñar a una máquina a escuchar el territorio, nosotros todavía tengamos que aprender a hacerlo.

Queda pendiente diseñar un sistema operativo que arranque con el canto del gallo y entre en modo suspensión con la primera gota de lluvia. Queda pendiente traducir el lenguaje de las flores silvestres para quienes todavía necesitan documentos oficiales para entender que el territorio también piensa.

Pero ningún laboratorio termina realmente.

Siempre queda algo debajo de la tierra.

Una pregunta.

Una conversación.

Una semilla.

Un cable sin conectar.

Un issue abierto.

Y probablemente está bien que así sea.

Porque algunas preguntas no están hechas para cerrarse.

Están hechas para seguir caminando por las veredas.

Commit:
Semilla de un sueño que no sabíamos que estábamos sembrando.

Estado: germinando.

Dependencias: panela, azadón, cables, memoria y preguntas sin respuesta.