Autor: Esteban Rey Torres

  • Borrador

    Escribo este texto correspondiendo a conversaciones sueltas con personas convocadas al parche por venir. En negrillas pongo sus nombres para no tener que introducirlos, y para diferenciarlos de los de otras personas que aparecen en el texto para referir a otras cosas. Si eres una de estas personas y no estás interesados en el texto completo, aquí hay enlaces a los fragmentos en que correspondo a lo que hablamos:

    María y Juan – Boris – Adrián – Hugo – Nate – Alejo

    María Paula Falla lidera, junto a Juan Carlos Muñoz, uno de los nodos del parche posible en Soracá, Colombia, una iniciativa que ha tomado diferentes formas (un colegio campesino; una empresa; más recientemente un café para amantes del ciclismo y las montañas). En 2012 ella me invitó a presentar BLEN al Festival de las Culturas de Tunja y, gracias a la hospitalidad de ambos, tuve la oportunidad de visitar varias veces la Capilla Museo Santa Clara La Real y consultar el archivo local, específicamente las cuentas que documentaban los procesos económicos que orientaron la ejecución de sus formas. Pude así iniciar una conversación fotográfica, enfocándome en su arquitectura y artesanado.

    Vista desde el público sin asientos.

    Por conversación fotográfica no me refería en esa época solamente a tomar fotos con una cámara que se puede lanzar o colgar del hombro, o que se guarda en la cartera o el bolsillo; ni a escribir luego sobre ellas. Sino a una idea que desarrollé como tesis en una maestría en teatro: con la popularización de la cámara digital no desapareció el cuarto oscuro, sólo cayeron sus muros (o al menos la cuarta pared); de esa manera el mundo entero se abre laboratorio para continuar el proceso de revelado.

    Ese sería el resumen del marco mitológico, pero lo importante son sus cuerpos ceremoniales. Suele aceptarse que la tecnología es incorporada como extensión de nuestras extremidades o sentidos. Podría decirse entonces que una tecnología que muere y dejamos de usar se proyecta al futuro como muñón o miembro fantasma, con sus propias necesidades de ser rascado o desengarrotado (para lo cuál es bien probada la eficacia de juegos con espejos).

    Bajo esa lente, pude ver el artesanado de la capilla con otro cuerpo o aparato: uno que podía entender los mecanismos opresivos de la arquitectura eclesiástica y recibir los lazos o haces lumínicos que las piñas, sembradas en arcos y techo, tendían hacia los confines posteriores de la nave, habilitando una vía de escape, una proyección que progresaba en escalas para aquellos cuerpos que no sólo habían comido alguna vez una piña sino que habían participado de su crecimiento y por tanto ser capaces de alinear su orientación.


    Por esos días había conocido y tenía el teléfono de Clemencia Plazas, antropóloga y exdirectora del Museo del Oro. Según sabía, desarrollaba su investigación de doctorado sobe la iconografía mesoamericana del murciélago. La llamé al llegar de Tunja, desde un teléfono público en el barrio Pablo VI, y le conté mi hipótesis sobre las piñas sembradas en el artesanado, su efecto iconográfico: darle poder a los sometidos asistentes para pararse en el techo, como un murciélago, mas cerca del sol y sus frutos que cualquiera de los agentes que ejercían su autoridad desde el presbiterio.

    Clemencia me dio la oportunidad de reunirme con ella y mostrarle la colección de fotografías, la tesis que había publicado, las piñas. Me dijo que el estado actual de la investigación iconográfica en antropología no era el mejor, cada vez menos gente se interesaba en su práctica y el estatus de prueba exigido por el escenario científico dominante difícilmente haría de mi hipótesis algo viable. Sin embargo, aclaró que le veía viabilidad en un escenario distinto, el perspectivismo amerindio.

    Durante los años siguientes hice las lecturas de rigor, Tânia Stolze Lima y Eduardo Viveiros de Castro, sumando fuentes y escuelas disidentes, como Marisol de la Cadena, en Perú, Mario Blaser, en Argentina, y Arturo Escobar, en Colombia. Asistí presencialmente a espacios de discusión pública en Colombia y Argentina. Tras asistir a Clemencia en la publicación de su tesis de doctorado, participé en la realización de una serie de seminarios no formales con un grupo de personas que seguía pensando y practicando la orfebrería desde las manos ,desde la investigación arqueológica y técnica de los materiales, o desde otros ordenes categóricos, permitiéndome foguear las ideas que he seguido desarrollando. Por estos días Nate, en relación a discusiones del parche, me envió algunos videos de Donna Haraway. También hablé con ella y digamos que creo entender cómo esa línea está un poco relegada con respecto a los desarrollos del sur. Como dice Adriana, venimos del futuro.

    La lista del párrafo anterior no busca validar mi autoridad desde el nuevo, muy conocido y más ubicuo presbiterio, atestado de jóvenes ancianos. Intenta más bien o más mal hacer explicito el esfuerzo que hago tratando de no hablar, precisamente, en términos académicos. Hablábamos con Boris al respecto. Desde su gran experiencia en activismo político me decía que, aunque podía compartir cierto desprecio por la academia (como todos los académicos) encontraba en su lenguaje una herramienta clave para encriptar la comunicación. Me quedé pensando al respecto. Creo que el lenguaje común de los marginados y los sometidos es la expresión, el sentimiento, la sensación. Pienso en el godo de mi hermano y sé que para el sería más fácil entender física cuántica que lo que le dice su familia más cercana, mujeres y menores de edad.

    Quien está ya familiarizado con el tema del perspectivismo puede revisar arriba y en lo que queda de este artículo las palabras en itálicas. Creo que lo que quiero decir acá, o mejor en un apédice al final, es que no llegué a ello como teoría aplicada, maloliente práctica, usual en el ámbito del arte. Para demonstrarlo (sic.) quiero contar un poco la manera en que llegué a esa cierta idea de fotografía (inbocando sonoridades que arrastran consigo la cuestión de tener perspectiva; dechile.net me recuerda siempre a Roberto Belanova).

    El cuento puede iniciar con el encuentro de una cámara digital en el suelo, transitando a pie una calle cubierta de granizo tras dejar el jardín infantil de la Universidad Nacional. Trabajábamos allí con el grupo Costurero Eléctrico y la cercanía constante de menores de seis años ponía a rondar en mi mente la vieja pregunta por comer o ser comide. Eran días de recurrente crisis vocacional (¿cuándo no?). El encuentro con esa cámara no hacía más que extender su punzada sardónica: siendo un artista, nunca me había llamado la atención La Fotografía, un sistema de cosas con propiedades también digestivas.

    La baja calidad del aparato que tenía entre manos, su resistencia a morir a pesar de la humedad y la temperatura, completaba el contexto necesario para sentir que ahora si podía tomar fotos. Eran los primeros días de los teléfonos con buenas cámaras. Ver gente alrededor, todos tomando fotos de la nevada bogotana me ayudaba a sentipensar que el punto de vista no estaba en la mente o en el ojo, sino en lo que sucedía entre los cuerpos involucrados. Ni siquiera en las fotos mismas que se producían. Tal vez la prueba que exige el escenario científico no está en el archivo, sino en la orientación del cuerpo que mira.

    No tomar fotos de cosas sino fotos cosa. Parafraseando a Bergson.

    Una cosa más por agregar. Antes de todo esto, había resuelto una crisis paranoica significativa (es decir, que duró más de unos pocos días) a través de una especie de gimnasia etimológica: el diagnóstico escuchado a distancia, literalmente, se volvía el poder de pensar fuera de sí, con el exterior: dilatar la usual relación animista que tenemos con la tecnología (vehículos, computadoras) a cualquier cosa técnica, en palabras que pueden sonar un poco crípticas, explorar lo que permite decir: he ahí un rostro.

    La cámara de cumpleaños se integró a la terapia auto–prescrita, agregando un constante análisis iconográfico del miedo (a través del exceso interpretativo). Gráfica de grafitis, vitrinas, fachadas, rejas, textiles, detritos, errores de continuidad. Ah si, el lenguaje del cine como canal traductor entre imágenes y músculos. Una cacería de representaciones del todo-se-mueve.

    De ahí no fue difícil hacer de la textura de los espejos un tema. Como la pregunta infantil de quien trata de usar lápices de colores para dibujar un espejo o de quien experimenta la frustración del color oro. Tratar de no resolverse entre los extremos de una ilusión óptica que ocurre a través de múltiples ojos y naturalezas.

    Redefinir lo que puede llegar a sentirse como textura. Como David Lynch moviendo sus deditos cuando habla de meditación. Y así fue como la práctica de fotografiar la textura de falsos espejos y consabidos efectos hápticos y ópticos, como la inversión o la difracción (términos que no son académicos, sino técnicos), precedió lo que sería un renovado interés por los murciélagos. Sin duda, lo que me llevó de vuelta al Museo del Oro, antes de conocer a Clemencia.

    Un paréntesis: al comenzar esta semana considerábamos con Adrián, uno de los antropólogos del parche, una colaboración entre su proyecto de la valija diplomática y mi maleta. No estoy respetando del todo el título de su proyecto y le pido disculpas. Me cuesta un montón lo de los títulos, y me hace ruido el prefijo anti. En cualquier caso, pienso que podemos compartir, a parte de la discusión en cualquier otro nivel, la infraestructura técnica que he desarrollado.

    Sobre la figura de la maleta, En el Museo del Oro tenían un proyecto pedagógico basado en una maleta viajera. Un kit de replicas en miniatura y juegos de mesa. En esa época se estrenó la película El imaginario del Dr. Parnaso y recuerdo haber conversado con Alejandro la posibilidad de consolidar las experiencias que tuvimos en los talleres de Sutatenza y Moravia en un híbrido entre maletín instrumental y espectáculo de teatrino.

    Paréntesis dos: Hugo, también antropólogo, compartió en el chat su proyecto documental terminado y premiado Reparar, que hala algunas afinidades con el asunto del aparato fotográfico. Tal vez de manera posterior, con Alejandro, desarrollaron procesos interinstitucionales como Ciudades Expandidas y las videocartas, una serie de ejercicios etnográficos a distancia. Nos preguntábamos en la conversa reciente si la maleta con fondo falso podría ser vinculada al proceso de la segunda versión en curso, Museologías Indisciplinadas.

    Ese título resuena con las experiencias que tuve en mis acercamientos laborales (otro eje de la tesis en teatro) a otro museo, el Museo Nacional de Colombia. Dos exposiciones específicas: Velorios y santos vivos, en 2006, y Llegó el Amazonas a Bogotá, en 2009. La mayoría de anécdotas al respecto son amargas pero instructivas, hombres blancos corriendo la butaca de personas racializadas, invitadas y luego no; mujeres blancas, también de la capital, ayudándoles en su propósito para luego sumar a sus portafolios obras representativas de las regiones.

    Un par de anécdotas se refieren específicamente a espejos de agua y son por ello aquí relevantes. Esta parte final va sin fotos; fueron tomadas sin cámara.

    Velorios abrió para mi el mundo iconográfico de Ms. Nancy, también transportado por piezas de oro en otras áreas de destierro, en otros museos, pero mucho más tangible en Colombia a través de las practicas arquitectónicas aplicadas a palafitos y terrarios. Arquitectura que camina sobre el agua. Una de las discusiones más fuertes y relevantes que presencié durante la exhibición se dio a partir del micrófono robado por los corteros de caña que habían llegado a protestar a Bogotá. Al mismo lugar al que llegan los indígenas, el Parque Nacional. Su queja incluía una mención a la manera en que las instituciones del estado quieren distanciar los problemas de ambas comunidades y cómo incluso las ponen en contraposición. El chiste lo puso en bandeja de plata el presidente de turno, a quien citaban diciendo que detrás de todo ese revuelto había fuerzas oscuras.

    Por último, en la última reunión curatorial en la que participé como artista comisionado para desarrollar la infraestructura tecnológica de la exposición Amazonas, la palabra de quienes llegamos temprano fue robada por un invitado especial, para el cual se había reservado la cabecera de la mesa. Cuando finalmente llegó, su imagen no podía ser más impactante: el cliché de un antropólogo, un extranjero de ojos celeste, barba blanca, pañoleta al cuello y prominente sudoración. También la imagen de esa última escena era increíble: una mesa larga en una extensa habitación republicana; la luz de una enorme ventana cayendo sobre el trono vacío, ahora ocupado por indiana jones; a su derecha Cristina Lleras, jefa de curaduría; otros empleados del museo se repartían los puestos aledaños, prestando atención a las aventuras que inauguraban una agenda inédita. Relegados en el polo opuesto, bastante más sombrío, quedaron Eudocio Becerra (QEPD), también profesor de la Universidad Nacional y dos mujeres cuyo apellido no fue mencionado en la presentación (representaban a dos distintas comunidades amazónicas). El asiento que me había sido asignado quedaba justo en el medio, tal vez por lo que soy blanco, pero de pelo enchuto. Mientras el primer grupo transitaba al desarrollo de conceptos, decidí prestar atención al segundo grupo.

    Contaban cómo las pantallas planas de video les recordaban las visitas de los santos oleos. Durante su infancia (las dos mujeres eran bastante jóvenes y Eudocio estaría por los 55) un tipo de embarcación particular se acercaba periódicamente a las orillas de las instituciones educativas a las que asistían, transportando un par de curas y una pintura desproporcionadamente grande para el tamaño de la embarcación: invariablemente un oleo con alguna representación del infierno. Sin bajarse, apoyando el marco de la pintura contra el borde de la canoa, comenzaban un sermón a dos voces sobre la virtud y el castigo. La escena que veía ahora tenía un eco cinematográfico diferente. Parecía el relato grupal y casual de excombatientes de guerra. Se preguntaban por los lugares en los que estuvieron emplazados y sin que hubieran compartido el mismo momento o la misma institución, reconocían nombres, compartían referencias. Una de ellas era la manera de mofarse de los santos oleos: bajar la mirada y observar en el reflejo del agua cómo las figuras bajas, rastreras y zoomorfas, cobraban vida animada.

    No sé si se trata de desarrollar una antropología inversa, como propone De Castro. Creo que la maleta de falso fondo se presta para la etnografía inversa, algo que suena mucho más humilde o menos proyecto-de-vida. Me parece que sale de esa práctica sin mucha definición y la veo volviendo a ella, retroalimentando la película, el tejido. De las cosas que más me gustan de las disidencias a la línea francobrasileña del perspectivismo amerindio es la inclusión del Estado en el paisaje monocultural.

    Apéndice

    Este texto obedece a la necesidad de comunicar el proyecto que me está desarrollando, o desenrollando, con los de otros participantes del parche. El de Hugo y Alejandro en relación a la realización de etnografías en el Museo Nacional de Antropología, en Ciudad de México. El de Adrián en relación a las valijas diplomáticas y el tráfico de memoria, en su año sabático.

    La manera en que los discursos indigenistas, raizal o afro son coaptados por instituciones culturales, académicas y artísticas (curadurías, artistas, convocatorias, fondos de inversión, etc.) no me es ajena, puebla las amargas anécdotas que menciono arriba, donde hice un esfuerzo por contener mi ánimo delator. Lejos de mi el querer hallarme de nuevo en situaciones similares.

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