Festival espantapájaros
Entre las Mieles y los Guarapos
1
2024
Festival espantapájaros
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2
2025
Festival espantapájaros
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Festival del Espantapájaros, en el camino de las mieles y los guarapos

En las veredas Perdiguiz, La Mesa y Tibacota, donde la Asociación Campesina Ecovaral custodia la Reserva Forestal La Cuchilla El Varal como quien cuida un fuego antiguo, se gesto en enero de 2024 el Festival del Espantapájaros. La iniciativa, tejida junto a Nodos CacharreoLab, buscó algo más que convocar a una celebración: aspiró a hacer memoria desde las manos, a permitir que el territorio hablara a través de aquello que sus habitantes saben crear desde siempre.
En estas montañas, donde las nubes se arriman al suelo y los cultivos dialogan con el clima, el espantapájaros aparece como una figura discreta pero elocuente. No es solo guardián de semillas ni centinela del maíz. Es, para quienes viven aquí, un testigo de la vida campesina, un pequeño monumento cotidiano que resume conocimientos transmitidos entre generaciones: cómo leer el cielo, cómo escuchar la tierra, cómo sostener la vida en comunidad.
Las figuras elaboradas para el festival —hechas de trapos, fibras, palos, ropa vieja, hojas secas y restos que otros desecharían— hablan de una creatividad que no busca brillar, sino resolver. Hablan de una tecnología campesina donde cada material tiene historia y cada nudo tiene sentido. Lo que para otros podría ser basura, aquí se convierte en gesto cultural, en señal de una inteligencia territorial que trabaja con lo que la montaña ofrece.
Hacer un espantapájaros implica repetir movimientos aprendidos en silencio: coser sin prisa, amarrar con firmeza, enderezar un palo, inventar una postura. Son acciones que se heredan igual que una historia: se observan, se imitan, se ajustan. Cada figura terminada guarda en su cuerpo la suma de esas decisiones mínimas, y por eso puede leerse como un relato material.
Su estética no nace del azar. En ella se ve la manera en que las familias campesinas comprenden el clima, calculan los tiempos de siembra, observan el comportamiento de las aves o recuerdan cómo la abuela resolvía un problema con una aguja y un trozo de puntada. Cada espantapájaros es, así, una pequeña enciclopedia del territorio: un saber que no se escribe, pero se reconoce en la forma, en la textura, en la postura misma de la figura.
La mirada de las infancias
Cuando las niñas y los niños se sumaron al proceso, el festival cambió de tono. Para ellas y ellos, los espantapájaros no eran dispositivos ni herramientas, sino habitantes del paisaje: personajes que ríen con el viento, compañeros de los cultivos, amigos altos y silenciosos que vigilan las noches.
Los dibujos, relatos y poemas que produjeron no ilustraron solamente la actividad: abrieron un mundo. Las infancias, con su capacidad de imaginar lo que aún no existe, añadieron capas de significado que ningún adulto había previsto. En sus trazos, el espantapájaros volvió a tener corazón, voz, nombre propio. Volvió a ser mito.
Y en esa relectura, la memoria campesina se reactivó: pasado y futuro se tocaron por un momento, dejando claro que la cultura se sostiene cuando las infancias la reinventan.
Creación comunitaria como resistencia
Detrás de cada figura levantada había algo más que una habilidad manual. Había una declaración política: el territorio se defiende creando, haciendo visible lo que la vida campesina ha construido durante décadas frente a un mundo que, muchas veces, la considera prescindible.
El festival permitió reconocer que la creatividad también es resistencia. Resistencia frente a la presión extractiva sobre el agua y el bosque; frente a las narrativas que reducen la ruralidad a carencia; frente a las desigualdades que intentan desarticular el tejido comunitario.
La creación, en este caso, no solo produjo objetos: produjo confianza, reconocimiento mutuo, palabra compartida. Y esa palabra, cuando se junta, se convierte en fuerza colectiva.
La escuela —presente como casa, como patio, como trocha— funcionó durante el festival como un espacio donde el conocimiento volvió a tener movimiento. Allí, la memoria y el juego se mezclaron con los aprendizajes cotidianos: el olor a tierra húmeda entró por las ventanas y los saberes campesinos se sentaron junto a los cuadernos.
El festival demostró que la escuela, cuando dialoga con su territorio, se transforma en un espacio vivo, capaz de integrar lo manual, lo narrativo y lo comunitario. En lugar de separar la vida del aprendizaje, el proceso permitió mostrarlos como una sola cosa.
“Somos primos de ideas, primos de palabra y de acción”, se escuchó varias veces durante la experiencia. Esa frase —tan campesina, tan profundamente política— resume lo que ocurrió: el festival no solo dejó espantapájaros en los cultivos, dejó vínculos.
Vínculos entre veredas, entre generaciones, entre historias que parecían alejadas y que, en realidad, compartían un mismo horizonte. En esas redes vivas se siente el pulso de la ruralidad contemporánea: una comunidad que imagina, que discute, que inventa, que cuida, que se abre camino en medio de dificultades, pero que nunca deja de crear.
A quienes participaron, nuestro reconocimiento. No solo hicieron un festival; activaron un pensamiento colectivo, recordaron que la cultura campesina no es un vestigio del pasado, sino una fuerza que sostiene la vida.
El Festival del Espantapájaros nos deja una certeza:
los territorios se defienden con manos que trabajan juntas, con arte que brota del barro, con historias que se cuentan al calor del fogón y con la dignidad que habita en cada hacer campesino.














