El proyecto desarrollado en el Valle de Tenza durante el año 2021, titulado “Hackerspace de lo cotidiano: un espacio para pensar y ver el mundo diferente” y dinamizado por los nodos CacharreoLab, tuvo como propósito activar procesos de investigación-creación con jóvenes de la región mediante la articulación de prácticas de las artes visuales, el diseño multimedia y las tecnologías libres. El proyecto operó como un dispositivo de apropiación tecnosocial, orientado a examinar, intervenir y reconfigurar las relaciones que las comunidades establecen con las tecnologías que median su vida diaria.

El concepto “Hackerspace de lo cotidiano” se propuso como una plataforma conceptual y metodológica capaz de responder a las transformaciones tecnológicas que atraviesan la vida cotidiana, donde la expansión acelerada de dispositivos digitales, la creciente mediación algorítmica y la integración silenciosa de tecnologías en las prácticas sociales producen nuevas formas de dependencia, desigualdad y vulnerabilidad. En estos escenarios, lo tecnológico deja de percibirse como un conjunto de herramientas neutras y se convierte en un entramado social y tecnológico que moldea percepciones, ritmos de vida, modos de relacionamiento y formas de participación comunitaria. En este marco, la noción de hackerspace —tradicionalmente asociada con laboratorios colaborativos de experimentación técnica y cultura libre— se amplía hacia un marco crítico–creativo orientado a la reapropiación situada de tecnologías. De este modo, hackear no se limita a manipular hardware o software, sino que implica interrogar, desmontar y reconfigurar los factores, protocolos y mediaciones socioculturales que organizan lo cotidiano.

El acento en “lo cotidiano” enfatiza que la tecnología no se asume como un conjunto de artefactos aislados, sino como un entramado de prácticas, afectos, expectativas y fricciones que configuran los ritmos de la vida diaria. Desde esta perspectiva, el Hackerspace de lo cotidiano opera como un dispositivo epistemológico y metodológico articulado en tres dimensiones centrales: la desnaturalización de las lógicas invisibles que regulan la interacción tecnológica; la reapropiación crítica, orientada a fortalecer la autonomía cognitiva y la acción colectiva; y la experimentación situada, que integra metodologías de hacer, reparar y prototipar desde saberes locales, estéticas de baja tecnología y prácticas colaborativas.

En conjunto, esta propuesta no busca replicar modelos de cultura maker, sino imaginar la noción de hackeo como una práctica cultural, social y tecnopolítica situada, que disputa las formas hegemónicas de uso, propiedad y significado de la tecnología en contextos comunitarios. Desde los nodos CacharreoLab, esta perspectiva permitió consolidar espacios intergeneracionales y dialógicos donde convergieron colectivos artísticos, culturales y sociales cuyas metodologías, inquietudes y experiencias han contribuido a la sostenibilidad y expansión de proyectos tecnosociales territoriales.

La investigación-creación, entendida como un enfoque metodológico que integra la indagación crítica con la producción artística situada, permitió explorar modos de hacer, pensar y sentir que desbordan las divisiones tradicionales entre teoría y práctica, creador e investigador, técnica y experiencia. Esta aproximación se fundamentó en la urgencia de generar escenarios formativos donde convergieran sensibilidad estética, apropiación tecnológica y pensamiento crítico desde un enfoque colaborativo, rizomático y situado.

La iniciativa respondió a fortalecer espacios para la experimentación y creación intermedial en los jóvenes del Valle de Tenza, especialmente aquellas relacionadas con la limitada disponibilidad de espacios de formación en artes contemporáneas, tecnologías abiertas y prácticas culturales colaborativas. Asimismo, buscó fortalecer capacidades entre los jóvenes para la participación cultural desde el reconocimiento de las juventudes como agentes creativos, políticos y comunitarios.

Desde las pedagogías críticas, las epistemologías del Sur y el aprendizaje que emerge de las preguntas generadas en los propios laboratorios de creación y experimentación, la propuesta se orientó a consolidar escenarios para leer, narrar y transformar el entorno mediante lenguajes artísticos contemporáneos y dispositivos tecnosociales. La integración del pensamiento hacker cultural y de la cultura libre permitió promover relaciones horizontales con el conocimiento, enfatizando principios de autonomía, acceso abierto, cuidado mutuo e interdependencia comunitaria.

Con el fin de generar una estructura metodológica coherente, el proyecto se organizó en un Ciclo Formativo Expandido compuesto por tres momentos interdependientes: Apertura, Inmersión y Activación. Esta secuencia operó como un dispositivo pedagógico inspirado en la teoría de la expansión de Engeström, las pedagogías rizomáticas de Deleuze y Guattari y los principios del movimiento hackerspace, donde el conocimiento crece en espiral mediante la experimentación, el error, la iteración y la construcción colectiva. Este dispositivo formativo permitió transitar desde la exploración inicial hacia la reflexión crítica, la apropiación técnica y la creación situada con incidencia comunitaria.

Apertura

La fase de Apertura correspondió al acercamiento inicial a las prácticas artísticas comunitarias, introduciendo conceptos fundamentales de gestión cultural, experimentación creativa e investigación desde el arte. Esta etapa incluyó la creación de hacklabs y espacios de cacharreo tecnológico, concebidos como dispositivos de aprendizaje basados en cultura libre, ética hacker y autonomía tecnológica.

El “cacharreo” —entendido como desmontaje, exploración material, prototipado y análisis crítico de las tecnologías— funcionó como una práctica reflexiva que reconfiguró las relaciones entre arte, tecnología y comunidad. Esta fase fortaleció la observación, la curiosidad y la capacidad de indagación, posibilitando que los jóvenes se aproximaran a metodologías experimentales desde un enfoque situado, crítico y profundamente vinculado al territorio. El uso de espacios para el diálogo, el compartir, el intercambio de saberes y los laboratorios de ilustración, fotografía, realización audiovisual, escrituras creativas, experimentación sonora y dibujo artístico, entre otros, generó escenarios de encuentro que permitieron comprender las complejidades de cada uno de estos saberes y, al mismo tiempo, reconocer la importancia del acto de compartir en los contextos comunitarios.

Inmersión

La fase de Inmersión se centró en el desarrollo de procesos orientados a explorar de manera profunda diversos lenguajes y prácticas artísticas —dibujo, pintura, muralismo, multimedia y gestión cultural—. Este momento no solo amplió referentes y conceptos, sino que promovió una comprensión crítica del arte contemporáneo como práctica política, relacional y territorialmente situada.

La creación fue asumida como un acto interdependiente y políticamente cargado, capaz de producir sentidos comunitarios, fortalecer memorias locales y abrir horizontes de transformación social. La Inmersión articuló diálogos entre la práctica, las reflexiones conceptuales y los análisis socioculturales, permitiendo a cada joven consolidar una postura crítica y compleja en relación con su contexto.

Activación

La fase de Activación dinamizó la formulación, experimentación y socialización de los procesos desarrollados por los jóvenes en los laboratorios. Este momento enfatizó el uso de software y hardware libre, la investigación aplicada y el aprendizaje autónomo, entendiendo las tecnologías libres como herramientas para la soberanía digital, el acceso democrático al conocimiento y la producción colaborativa.

La Activación fortaleció la circulación de saberes mediante acciones participativas, creación situada e incidencia cultural en el Valle de Tenza, consolidando capacidades locales para la investigación-creación con enfoque territorial y generando impactos significativos en las comunidades involucradas.

Estrategia de circulación de saberes

Para ampliar los espacios de aprendizaje experiencial y significativo, se implementó una estrategia integral de circulación de saberes compuesta por laboratorios y conversatorios:

El laboratorio de cómic dirigido por David Escobar (Bogotá) amplió las competencias narrativas de los participantes mediante el dibujo, entendido no solo como una técnica gráfica, sino como una herramienta de pensamiento, observación y articulación crítica del mundo. Desde una perspectiva que integra la ilustración con la narrativa secuencial, el laboratorio propuso explorar la imagen como dispositivo de sentido y el cómic como un lenguaje capaz de tensionar los límites entre ficción, memoria y documentalidad. Escobar introdujo estrategias para construir personajes, atmósferas, temporalidades visuales y relatos que dialogaran con las realidades locales, posibilitando que los jóvenes elaboraran historias arraigadas en sus territorios y experiencias. Así, el cómic se asumió como un medio accesible, flexible y profundamente político, capaz de activar procesos reflexivos y expandir la narrativa gráfica en contextos comunitarios.

Por su parte, el artista hiphopero y gestor comunitario Pino el Bardo (Medellín) trabajó creación sonora, producción audiovisual y comunicación comunitaria desde prácticas urbanas, autogestionadas y vinculadas a la cultura viva comunitaria. Su laboratorio abordó no solo aspectos técnicos de composición, grabación y edición, sino también la dimensión política y afectiva de la música y de las visualidades urbanas como territorios de resistencia y afirmación identitaria. A través de metodologías propias del hip hop —freestyle, escritura de barras, producción de beats, registro de calle— se reconoció la investigación–creación como una práctica situada que emerge de la cotidianeidad y de la organización popular. Estas experiencias permitieron comprender la creación sonora y audiovisual como herramientas de agencia política, construcción comunitaria y producción de memoria colectiva.

En conjunto, ambos laboratorios abrieron posibilidades para repensar los lenguajes artísticos contemporáneos desde sus bordes más vivos y comunitarios, afirmando el valor de las estéticas populares y del hacer creativo situado como formas de conocimiento y transformación social.

A su vez, se generaron espacios híbridos —presenciales y virtuales— que ampliaron la participación y profundizaron el diálogo interterritorial. En sesiones sincrónicas, referentes como Pino el Bardo, Jenny Arévalo, Luciana Fleischman y Alex Correa abordaron temas relacionados con la comunicación comunitaria, la gestión cultural, las comunidades de práctica, el conocimiento libre, la ética del cuidado digital y el Buen Vivir. Estos encuentros configuraron un ecosistema de aprendizaje distribuido en el que las fronteras geográficas se diluyeron a través de la experimentación y la co-construcción de saberes.

En el marco del Hackerspace de lo cotidiano, la circulación de saberes se consolidó como un entramado dinámico de encuentros, laboratorios y conversaciones que posibilitaron repensar las relaciones entre arte, tecnología y comunidad desde perspectivas críticas y situadas. Más que un programa formativo, estos espacios funcionaron como dispositivos de interpelación colectiva, donde los participantes pudieron tensionar sus prácticas, cuestionar sentidos establecidos y abrir nuevas posibilidades de investigación–creación en diálogo con sus territorios.

En este entramado, Luciana Fleischman (Medellín) orientó un conversatorio que profundizó en las comunidades de práctica y el conocimiento libre, apoyándose en los principios de autonomía tecnológica promovidos por Platohedro. Su intervención permitió comprender el aprendizaje colaborativo como una apuesta política que disputa la centralización del saber y reivindica la potencia de producir conocimiento desde la colectividad, la interdependencia y la imaginación tecnológica situada. Al abordar las prácticas abiertas y los modos de hacer en comunidad, Fleischman tensionó las nociones hegemónicas de innovación, proponiendo en su lugar una ecología del aprendizaje que reconoce la legitimidad de saberes informales, periféricos y no institucionalizados.

Jenny Arévalo (Bogotá), por su parte, dirigió un espacio enfocado en la gestión cultural, introduciendo herramientas para abordar los ciclos de formulación, sostenibilidad y gobernanza de proyectos artísticos. Su intervención desestabilizó la idea de la gestión como un proceso meramente administrativo y la planteó como una lectura política del territorio. Arévalo subrayó que la sostenibilidad implica redes, afectos y alianzas que garantizan la continuidad de los procesos culturales más allá de las estructuras institucionales tradicionales.

En una línea estrechamente vinculada a los desafíos tecnosociales contemporáneos, Carolina Sánchez (Bogotá), abordó la violencia digital, los delitos informáticos y la ética del cuidado en entornos conectados. Su participación permitió problematizar las vulnerabilidades que emergen en la vida digital cotidiana e invitó a pensar la seguridad como una práctica comunitaria sostenida en la responsabilidad, la afectividad y la vigilancia colectiva frente a lógicas extractivistas que regulan la circulación de datos, imágenes y cuerpos.

A su vez, Alex Correa (Medellín) articuló reflexiones críticas sobre el Buen Vivir desde una perspectiva relacional, colaborativa y eco-comunitaria. Su intervención desplazó las nociones desarrollistas hacia modos de existencia basados en la reciprocidad, la soberanía vital y la interdependencia con el territorio. Al presentar una mirada eco-social, cuestionó modelos que instrumentalizan la naturaleza y fragmentan la vida colectiva, proponiendo un horizonte ético que privilegia el cuidado y la sostenibilidad de la vida en común.

Laura Magdel Escobar (Bogotá), facilitó un laboratorio de escrituras creativas en Guateque, donde la palabra operó como dispositivo de memoria, escucha y agencia narrativa. Este espacio permitió activar formas de escritura que no solo reconstruyen experiencias personales, sino que también habilitan ejercicios de imaginación social capaces de proyectar futuros alternativos. La escritura emergió así como una tecnología simbólica que articula sensibilidad, crítica y acción.

El artista e investigador intermedial Alejandro Araque Mendoza desarrolló laboratorios de dibujo y un conversatorio sobre tecnoactivismo en América Latina. Sus sesiones enfatizaron el arte como territorio de disputa política donde convergen visualidad, técnica y acción colectiva. Al situar las prácticas de creación en relación con las luchas sociales, sus aportes se enfocaron en los modos en que las imágenes y las infraestructuras digitales pueden operar como mecanismos de control o como vectores de emancipación.

Asimismo, el proceso se enriqueció con la participación de Issac Partenina (Incógnito Issac), quien desarrolló un laboratorio de composición sonora y freestyle que situó la creación musical como una práctica expresiva, técnica y profundamente política. Su propuesta invitó a los participantes a explorar sus propios recursos —vocales, corporales, tecnológicos y afectivos— para construir una biblioteca sonora colectiva compuesta por registros, beats, texturas vocales y paisajes auditivos surgidos de la experiencia territorial. Esta biblioteca no solo funcionó como archivo creativo, sino como un repositorio vivo que condensó memorias, gestos y resonancias comunitarias. A partir de ella, se elaboraron canciones creadas de manera colectiva, donde la composición se asumió como un ejercicio de escucha, negociación y co-creación que evidenció la potencia del hip hop como metodología de investigación–creación situada. El laboratorio enfatizó que la música no opera únicamente como producto cultural, sino como un espacio de agencia, emergencia y afirmación identitaria, capaz de articular relatos propios y disputar narrativas hegemónicas.

En diálogo con estas dinámicas, Arbey Gómez, integrante del Tricilab de Moravia, aportó una mirada sensible y profundamente comprometida desde la fotografía comunitaria. Su participación se centró en compartir los procesos que ha desarrollado en distintos territorios, donde la cámara se convierte en una mediación ética y afectiva con las personas, sus historias y sus formas de habitar el espacio. Gómez subrayó la importancia de la memoria fotográfica como dispositivo de construcción de sentido cultural, resaltando su papel como archivo vivo que documenta prácticas, saberes y transformaciones socioculturales desde perspectivas inclusivas y respetuosas. La fotografía, en su abordaje, no es simplemente un registro visual, sino un acto relacional que reconoce la dignidad de los sujetos, permite recontar los territorios desde adentro y habilita procesos de memoria colectiva que fortalecen la identidad comunitaria. Su experiencia demostró cómo las imágenes pueden operar simultáneamente como testimonio, herramienta pedagógica y soporte para activar conversaciones críticas sobre territorio, pertenencia y futuro.

Con estos aportes, el proceso se consolidó como un entramado de prácticas heterogéneas que, desde lo sonoro, lo visual, lo narrativo y lo tecnopolítico, ampliaron las posibilidades de creación situada y afirmaron la centralidad de la cultura viva comunitaria como fuerza formativa, estética y social profundamente transformadora.

En conjunto, estos espacios no solo ampliaron los horizontes de formación artística y tecnosocial, sino que configuraron un ecosistema de pensamiento crítico y experimentación situada. A través de ellos, el Hackerspace de lo cotidiano se consolidó como un proyecto que desafía las jerarquías del saber, reivindica la potencia de lo comunitario y apuesta por imaginar otras formas de vida, creación y tecnopolítica desde, con y para los territorios.

La Bitácora como Territorio Vivo

La lingüista Lady Velasco Acosta complementó este proceso mediante la construcción de memorias y la elaboración de una bitácora investigativa que se convirtió en un instrumento clave para comprender, registrar y analizar las dinámicas que atravesaron el proyecto. Más que un simple repositorio de datos, la bitácora operó como un dispositivo metodológico y político que posibilitó interpretar los códigos simbólicos, los aprendizajes emergentes y las transformaciones socioculturales que se dieron en el territorio. Su uso sistemático permitió visibilizar tensiones, gestos, silencios y formas de relacionamiento que muchas veces no aparecen en los relatos institucionales, pero que constituyen el núcleo de las prácticas comunitarias.

La apuesta por mantener una observación situada y sensible favoreció la emergencia de preguntas que no solo describían lo acontecido, sino que invitaban a leer críticamente las dinámicas comunitarias, reconociendo sus potencias, contradicciones y posibilidades de transformación. En este sentido, la bitácora se consolidó como un espacio de diálogo permanente entre quienes participan, observan y crean, habilitando procesos reflexivos que acompañaron y ampliaron el sentido mismo del Hackerspace de lo cotidiano.

De igual manera, la labor de Velasco contribuyó a generar espacios de encuentro comunitario donde la palabra, la escucha y la conversación colectiva se asumieron como prácticas de cuidado y construcción de sentido compartido. Estos espacios permitieron que jóvenes, artistas y facilitadores construyeran de manera conjunta reflexiones que tensionaran sus propias prácticas, sus modos de habitar el territorio y las formas en que se vinculan con el arte, la tecnología y la comunidad. Tales encuentros operaron como escenarios de actualización colectiva, donde las necesidades, intereses y preocupaciones de los jóvenes pudieron ser acogidos y transformados en rutas de acción creativa.

Asimismo, este seguimiento crítico permitió reconocer la importancia de los aprendizajes expandidos, aquellos que acontecen por fuera de los espacios educativos tradicionales y que emergen de la práctica artística, la experimentación tecnológica y la vida comunitaria. A través de la bitácora se hizo evidente cómo los jóvenes se apropian de estos aprendizajes de manera autónoma, construyendo saberes desde el hacer, el error, la exploración y el intercambio directo con otros cuerpos y otras experiencias.

La sistematización realizada evidenció, además, la fuerza de lo colectivo como motor fundamental para la creación y la transformación social. La escritura de la bitácora permitió registrar momentos en que la toma de decisiones colaborativa, la creación conjunta y la solidaridad cotidiana aparecieron como dimensiones centrales para imaginar futuros posibles. En este contexto, la autonomía no se entendió como un ejercicio individualista, sino como una práctica de interdependencia donde cada participante reconoce su capacidad para actuar políticamente en el territorio.

Finalmente, el trabajo de Velasco contribuyó a reconocernos como agentes políticos activos, capaces de leer críticamente su entorno, narrarlo desde sus propias voces y transformarlo mediante prácticas de creación que disputan las jerarquías del saber y los límites impuestos por los modelos educativos tradicionales. La bitácora, en esta perspectiva, fue tanto un instrumento de registro como un espacio de enunciación colectiva, desde donde se articularon memorias, análisis y proyecciones que fortalecen la continuidad del proceso y la posibilidad de imaginar otras formas de vida, comunidad y tecnopolítica.

Articulación territorial y suma de voluntades

El proyecto se consolidó gracias a la articulación con los municipios de Sutatenza, Guateque, Garagoa, Macanal, Almeida y San Luis de Gaceno, así como con el CESPA Valle de Tenza y distintos agentes culturales locales. Esta red territorial fortaleció el aprendizaje autónomo, la creación comunitaria y el desarrollo de propuestas artísticas y tecnológicas con pertinencia local.

La participación de la Fundación Oasis Urbano de Medellín, liderada por Cielo Holguín, vinculó experiencias de cultura viva comunitaria al proyecto, facilitando la movilidad desde Medellín al Valle de Tenza de artistas y gestores como Issac Partenina (Incógnito Issac) y Arbey Gómez (Tricilab de Moravia). Junto con Pino el Bardo y Carolina Sánchez, se realizó una semana intensiva en diciembre, de creación en torno a producción audiovisual, composición sonora, fotografía y usos éticos de internet con jóvenes, niños y adultos de Garagoa y Guateque.

Los encuentros rurales se llevaron a cabo gracias al apoyo de Giovanni Vera y su espacio Gio Vera Sede Campestre, que permitió habitar el territorio desde la creación situada y el aprendizaje intergeneracional.

Conclusiones

En su conjunto, el proyecto configuró un ecosistema de aprendizaje intermedial, comunitario y tecnosocial, consolidando la agencia de los jóvenes del Valle de Tenza en la construcción de futuros posibles para su territorio. La articulación entre artes visuales, tecnologías libres, prácticas comunitarias y pensamiento crítico constituyó la base para el fortalecimiento de capacidades locales, la autonomía creativa y la participación cultural activa.

La propuesta demostró la pertinencia de integrar enfoques de investigación-creación con perspectivas de pedagogía crítica, cultura libre y activismo tecnosocial en contextos rurales y urbanos, generando procesos sostenibles, colectivos y culturalmente significativos.